23.8.10

De los divinos placeres. I


I

He probado a besar otros labios, para perderme en el sabor amargo del olvido en otros cuerpos.

Quisiera no haber llegado a este punto.

El espejo de la habitación me devuelve el reflejo de la propia realidad. La desnudez de mi cuerpo me delata: he sido una puta. Y no dejaré de serlo hasta que el tiempo, Dios, o las fuerzas de la naturaleza me la devuelvan.

Comencé a vivir una vida que no quería, impuesta por la sociedad victoriana. Matrimonio, hijos, ...y todo lo que ello conlleva. Tan sólo los libros de mi padre, apenas la única herencia que pude recibir de un viejo librero, son capaces de elevar mi imaginación hasta el punto de conseguir que crea que vivo en otro mundo...

El amor no tiene espacio en los tiempos que corren, y los matrimonios de conveniencia se fraguan conforme a la balanza de las riquezas, las posesiones y el grado de burguesía.

Pero, en el camino, había perdido a lo que más amaba: al amor de mi vida. Prohibido, sí, pero amor verdadero. Tuve que elegir entre dos caminos, y escogí el más fácil y el que consiguió romper nuestros corazones y convertir sus pedazos en hielo...

(...)