La caída del vestido de seda sobre una piel lustrosa.
La carne de la pasión.
Labios buscando unos labios aún más lujuriosos que los suyos...
De repente, se despertó envuelta en sudor, y se pasó la palma de la mano por la frente.
¿Qué le había despertado súbitamente del sueño?
El crujido de unos pasos sobre la madera del pasillo.
Miró a ambos lados de la imponente cama de madera, y se dio cuenta de que había algo que no encajaba en el conjunto de la habitación.
Sobre la moqueta roja del suelo se extendía el camisón de seda de Marguerite, pero no había ni rastro de ella.
El pulso se le aceleró y la sangre golpeó con fuerza su pecho, en un hálito de placer contenido.
Sonrió.

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