
resbalando por la piel
inerte, marmórea,
de cada uno de las estatuas
que contempláis bajo la luna llena.
La cadencia silenciosa
del devenir victoriano
que pasea, sigilosamente,
de la mano de Virgilio.
Soy vida, soy rehén,
de los dioses del inframundo.
Soy la hija pródiga de Dios
en el subsuelo en el que me consumo;
la distancia de un cuchillo
entre los cuerpos
que sucumben a la pasión.
Dadme alas negras que me alcen como brazos,
y manos que me desnuden
tras las esquinas de algún
prostíbulo de alma palpitante.
La sombra de Jack the Ripper
cerniéndose sobre los doseles
de mi habitación...
La delgada línea que separa
la locura,
la esperanza,
y la desesperación,
de los amantes prohibidos.
Soy la puta que no quiso
arrancaros vuestro putrefacto corazón...
